Preámbulo: Lamentos de un enano
Este registro no tiene destinatario posible ni propósito alguno. Sabiéndolo inútil, lo añado al cuaderno de bitácora con la certeza de que nunca será revisado, nadie lo leerá jamás. Ni siquiera me mueve la búsqueda de consuelo, pues a estas alturas no hay forma de conseguir alivio al peso de mis errores. Sin embargo, a pesar de todo, algo intestino me obliga a dejar constancia de la tragedia sobrevenida y de su contexto. No sé, soy demasiado viejo y rutinario; será la fuerza de la costumbre.
Mi raza emergió en un mundo privilegiado, especialmente apto para la vida. Ubicado en el tercer nivel orbital de su sistema planetario, estaba a una distancia adecuada de nuestra estrella, una enana amarilla, lo justo para que no hiciese demasiado calor ni demasiado frío; un equilibrio térmico perfecto que hizo posible que el agua líquida fluyera por todas partes de forma abundante y con ella…, la vida.
En su recorrido por aquella órbita afortunada, nuestro mundo no estaba solo. La compartía con otro, uno mucho más voluminoso. Paradojas de la creación, aquel planeta vecino era absolutamente hostil para la vida, un gran cuerpo rocoso cubierto por entero de lava, convulso, tóxico y estéril. Aunque transitásemos la misma ruta alrededor de la estrella, no existía peligro alguno. Nuestros mundos estaban situados de tal manera, uno respecto al otro y ambos respecto a la estrella, que los efectos gravitatorios se equilibraban. Se perseguían infatigables en una gran danza planetaria, bailando juntos, pero sin llegar a encontrarse nunca.
El universo nos había obsequiado un refugio seguro. Nuestra próvida atmósfera nos brindaba aliento y cobijo, la naturaleza nos proveía de todo cuanto necesitábamos y el escudo magnético del planeta nos protegía de los innumerables peligros que entraña el cosmos. Las favorables condiciones de nuestro entorno hicieron proliferar una amplia variedad de plantas y animales. Aquello trajo aparejadas considerables ventajas, pero también inconvenientes. Muchas especies reclamaban con eficacia un lugar privilegiado en la gran carrera por la supervivencia. Algunas eran grandes y fuertes, otras esbeltas y veloces, muchas otras pequeñas, pero todas voraces por igual. Si nuestra raza quería sobrevivir, tenía que adaptarse con premura y ocupar su sitio en el orden natural.
Por fortuna, desde los inicios de nuestra especie estuvimos especialmente dotados para la supervivencia. Teníamos cuerpos fuertes y compactos, un gran cerebro, una versátil cola prensil y grandes manos para asir y manipular la materia; sin embargo, lo que más influyó en que nuestra raza se adaptase y perdurara fue una profunda curiosidad colectiva por todo lo que nos rodeaba. Como llamados por el instinto, nuestros ancestros se interesaban en grupo por cada uno de los fenómenos que ocurrían en su entorno. Empujados por su propia naturaleza, colaboraban entre sí para indagar en los eventos desconocidos, como si de cazar en manada se tratara. Se hacían preguntas, experimentaban y compartían los conocimientos que iban adquiriendo. Se ayudaban unos a otros hasta desentrañar cada enigma y, una vez resuelto, asumían uno nuevo por solucionar. Cuando algún evento natural se les resistía y escapaba a su comprensión, por muy estremecedor que fuese, no zanjaban el asunto atribuyéndole explicaciones mágicas u orígenes divinos, simplemente se preguntaban «¿por qué?», e indagaban con más ahínco. Su gran cerebro les incitaba a dar uso práctico a los conocimientos adquiridos, a aplicarlos para inventar técnicas y herramientas, y sus hábiles manos les facilitaban esa tarea. Para nuestros antepasados la necesidad de encontrar respuestas a los fenómenos de la naturaleza era tan básica como comer e igual de reconfortante, quizás más; cada vez que daban explicación a un evento desconocido su sistema nervioso les recompensaba con una intensa dosis de satisfacción, como si del acto de la copulación se tratase. Así, durante miles y miles de años, fueron resolviendo problemas y tras cada nuevo misterio que esclarecían, el siguiente resultaba menos complicado de desentrañar.
Generación tras generación, nuestra especie fue progresando, irguiéndose por encima de las demás; sin dominarlas, conviviendo en armonía con el entorno y consigo misma. Nuestra civilización prosperó. Nuestro desarrollo, en todos los aspectos posibles, se volvió exponencial. Con el tiempo llegamos a desentrañar los secretos de la materia y la energía a escala infinitesimal, y podíamos transformarlas a voluntad. Llegados a ese nivel, nuestra curiosidad nos empujó a indagar en las incertidumbres primordiales, las más básicas de todas y las más difíciles de dilucidar. ¿Estábamos solos en el universo? ¿Existirían otros mundos que pudiesen albergar vida inteligente? Nuestro planeta empezó a quedársenos pequeño, alzamos la mirada y posamos nuestros ojos en las estrellas. El desafío era excitante, pero, cuando nos dispusimos a explorar el cosmos en toda su extensión, nos topamos de bruces con la vasta amplitud del espacio. Las distancias que nos separaban de otras galaxias eran inmensas, imposibles de abarcar. Las separaciones estelares eran tan colosales que hacían inviable intentar llegar a ellas propulsados por energía, basándonos únicamente en la conservación de la cantidad de movimiento. Existían estrellas tan lejanas que, incluso si conseguíamos viajar a velocidades cercanas a la de la luz, jamás llegaríamos hasta ellas.
Ya habíamos enviado exploradores a los sistemas planetarios cercanos, pero nuestra necesidad de explorar el universo en toda su magnitud seguía insatisfecha. Como nos ocurría desde el principio de los tiempos, nuestra incapacidad innata para aceptar con resignación una carencia cognitiva nos condujo a superarla: si era inviable recorrer el espacio en toda su magnitud, plegaríamos su estructura para ir de un punto a otro en un breve lapso de tiempo. Construiríamos naves capaces de contraer el espacio delante de ellas y de estirarlo detrás, abarcando grandes distancias de manera casi instantánea. Ni siquiera tendríamos que movernos de sitio para alcanzar los confines del cosmos; sería el propio espacio el que se plegaría, acercando los puntos lejanos a nosotros. Aquello, tecnológicamente hablando, estaba a nuestro alcance. Sabíamos cómo hacerlo, pero existía un gran inconveniente: arrugar el espacio-tiempo de aquella manera tan radical consumía una colosal cantidad de energía.
Generaciones atrás habíamos descubierto cómo replicar los procesos que ocurren en el interior de las estrellas y podíamos emular las transformaciones que generan su energía, pero, incluso eso, resultaba insuficiente. Hacía falta una fuente de energía mayor, aún más copiosa que el enorme poder de una estrella. El llamado del instinto volvió a estrujar nuestras mentes y nos hizo implicarnos en desentrañar los secretos de otro tipo de fuerza. Una más abundante y poderosa que todas cuantas conocíamos y dominábamos, un tipo de energía hasta entonces oculta e inaccesible: la energía del espacio vacío, la energía del punto cero.
Nuestra civilización al completo se puso a la tarea y el trabajo colectivo dio sus frutos. Construimos un reactor basado en los nuevos principios físicos que descubrimos, una máquina capaz de separar la energía del vacío extrayéndola de la trama profunda de la realidad. No solo la extraíamos, también la transformábamos, modulando su frecuencia y su fase de la misma forma que hacíamos con otras fuerzas. Con ese poder en nuestras manos, el universo entero estaba a nuestro alcance. Crearíamos zonas inertes en el contorno de nuestras naves, deformando el espacio-tiempo a su alrededor, y «surfearíamos» su curvatura. Podríamos llegar a los confines del cosmos sin siquiera notarlo.
Aquel era, sin lugar a dudas, el logro tecnológico más trascendental de nuestra civilización. El éxito fue total, la euforia inaudita. Estábamos tan extasiados por el triunfo obtenido que pasamos por alto el valorar con detenimiento nuestras propias capacidades para gestionar tan descomunal flujo de energía. Cuando nos percatamos de que aquello escapaba a nuestro control, ya era demasiado tarde; una vez puesto en marcha, no había forma de detenerlo. Todas las fuerzas que gobernaban nuestro mundo empezaron a fluctuar. La entropía perdió sus parámetros. Los procesos térmicos se alteraron, revirtiéndose o acelerándose de manera aleatoria y, con ellos, el flujo mismo del tiempo. Muchos envejecieron de repente, como si mil años les cayeran encima; otros, rejuvenecían hasta volverse bebés, quedando enredados en sus ropajes. Por todas partes aparecían burbujas de inversión térmica que congelaban al instante a quienes se topaban con ellas, o los vaporizaban, como si los consumiera el plasma de una estrella. La gravedad misma se vio alterada. Objetos que no estaban sujetos a algo, grandes o pequeños, levitaban brevemente para luego caer a plomo. Los terremotos gravitatorios que se repetían sin parar hicieron que nuestras ciudades se vinieran abajo. El mundo que conocíamos se estaba desmoronando en un abrir y cerrar de ojos y, con él, toda nuestra civilización.
Yo era el director del laboratorio de nuevas energías y el científico a cargo del proyecto de extracción de energía del vacío. En el momento de la tragedia me encontraba en las instalaciones que albergaban al reactor, junto a uno de mis colaboradores más cercanos; ambos formábamos parte del selecto grupo que tuvo el «privilegio» de ponerlo en marcha. Mientras todo el personal evacuaba el edificio, huyendo en busca de refugio, nosotros nos adentramos en él. Intentamos apagar el artefacto, sin éxito. Su núcleo era un ente independiente formado por billones de minúsculos mecanismos autónomos, interconectados, capaces de gestionar por sí solos su propio funcionamiento colectivo. No podíamos apagarlo ni contener su energía, pero se nos ocurrió que, quizás, podríamos drenarla a la inmensidad del espacio exterior.
Nuestra maniobra desesperada dio resultado. Logramos que la máquina expulsara un intenso haz de energía negativa hacia el cosmos, liberando parte de su enorme poder. Si aquel torrente de energía se hubiese perdido en la inmensidad del espacio abierto, habríamos tenido una oportunidad, o, al menos, habríamos ganado tiempo para idear una forma de enmendar nuestra terrible equivocación. No hubo tanta suerte, el infortunio parecía ensañarse con nosotros. Lo que ocurrió a continuación era prácticamente imposible que sucediera, la probabilidad era mínima, insignificante, pero el azar que gobierna el universo nos había dado la espalda. Por caprichos del destino, el haz de energía negativa encontró a su paso al vecino planeta con el que compartíamos órbita y el rayo tractor empezó a tirar de él, poniéndonos en ruta de colisión.
Todo ocurrió muy deprisa, ni siquiera hubo tiempo de emprender una evacuación a gran escala. En cuestión de horas empezó a verse una enorme esfera en el cielo, rodeada de escombros. Primero empezaron a caer pequeñas rocas, como proyectiles de metralla, luego trozos más grandes, como una lluvia de misiles. La superficie de nuestro mundo se deformó a causa de la intensa gravedad de aquel planeta. Se levantaron enormes olas, no solo en los océanos, sino también ondas de materia sobre el terreno sólido. Sin que pudiésemos hacer nada al respecto, contemplábamos cómo aquella enorme roca se nos venía encima y, por primera vez, en toda nuestra larga historia como especie, no teníamos ni la más remota idea de lo que debíamos hacer. Aquel planeta colisionó contra el nuestro a gran velocidad, destruyendo por completo nuestro hogar.
Solo sobrevivimos dos de nosotros. Somos cuanto queda de nuestro pueblo y de su otrora imponente civilización, los últimos de nuestra especie.
«Bitácora del director, laboratorio de nuevas energías»
«Ubicación: desconocida»
«Fecha: indefinible»
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… Cierre de bitácora.
