Theia

La luna, eterna inspiración de poetas y soñadores, se alza entre las sombras como un faro de luz que guía nuestro camino, no solo iluminando la oscuridad de la noche, sino también los rincones más profundos del alma humana. Su presencia silenciosa en el cielo invita a la contemplación, a la reflexión, recordándonos la belleza efímera de la existencia y la importancia de vivir en armonía con los ciclos naturales. Cada una de sus fases y el misterio que las envuelve, desde la luna nueva hasta la llena, simbolizan los diferentes momentos de nuestro propio viaje: crecimiento, plenitud, reflexión y renovación. Su sola existencia crea una dimensión simbólica profunda. La vida, la muerte, la pasión, el amor, el deseo reprimido; todo alcanza en ella.

Con el paso de los siglos, este astro nocturno se ha convertido en una figura maternal y enigmática, que influye en los sentimientos y destinos humanos, impregnando de misterio y belleza nuestra vida y transformando lo mundano en sublime. Pero va más allá de lo simbólico o emocional. Nuestra propia subsistencia, y la de todas las demás criaturas en la tierra, depende de ella; si la luna no existiese, es probable que la vida en el planeta tampoco.

El nacimiento de la Luna es uno de los eventos más fascinantes en la historia del sistema solar. La explicación más respaldada es la teoría del gran impacto, que sostiene que nuestro satélite se originó hace aproximadamente 4.500 millones de años a partir de una colisión entre la joven Tierra y un protoplaneta del tamaño de Marte, conocido como Theia. Según esta hipótesis, ese cuerpo rocoso impactó la Tierra a gran velocidad, liberando una cantidad de energía equivalente a cientos de millones de veces la de una explosión nuclear. Este choque expulsó al espacio una gran cantidad de material fundido de la corteza y el manto terrestre, así como de Theia. Parte de este material se dispersó en el espacio, pero otra parte se aglutinó a causa de la gravedad, formando un disco de escombros que, con el tiempo, se consolidó en la Luna.

Imaginemos por un momento que ese protoplaneta estaba lejos de ser una roca convulsa, inhóspita y estéril, como sí lo era la tierra por aquel entonces, sino un mundo fértil, acogedor y repleto de vida. Conjeturemos además que, entre las muchas especies que lo habitaban, estaba una raza de enanos que se irguió como estirpe dominante y logró desarrollar una civilización de tipo II en la escala de Kardashov, un método para clasificar civilizaciones según su nivel de desarrollo tecnológico, basado en su capacidad para utilizar la energía disponible en su entorno. Ya puestos, supongamos que la colisión entre los dos planetas no fue un accidente cósmico, sino un fallo estructural en la tecnología de los enanos, sobrepasados por la colosal tarea de gestionar una fuente de energía extremadamente poderosa.

En la física cuántica, existe un concepto fascinante: la energía del punto cero. Esta es la energía mínima que un sistema puede tener, incluso en su estado energético más bajo, cuando no hay movimiento térmico. Contrario a lo que podríamos imaginar, el espacio vacío no está falto de contenido; está lleno de fluctuaciones cuánticas que generan esta energía residual, presente en cada una de sus dimensiones. Y, resulta que el espacio es inmenso, inimaginablemente grande; además, no para de crecer, y lo hace cada vez más rápido.

La semilla que dio origen a este relato nació de un cuento infantil, que ayudé a crear a mi hijo pequeño para un trabajo escolar. «¿De qué está hecha la luna?» Era el tema central de la fábula. Quedó tan bonita que no pude parar y me propuse averiguar hasta dónde podía llegar. Y, aquí estamos. La unión de ese par de conceptos fascinantes, la luna y la energía del vacío, son las piedras angulares sobre las que se cimentó la trama de la novela. Si al final la curiosidad te muerde y decides devolverle el mordisco, espero que llegues a desmenuzarla por completo. Que disfrutes de la experiencia.