Theia
El nacimiento de la Luna es uno de los eventos más fascinantes en la historia del sistema solar.
Existen algunas hipótesis al respecto, pero la explicación más respaldada es la teoría del gran impacto, que sostiene que nuestro satélite se originó hace aproximadamente 4.500 millones de años a partir de la colisión entre la joven Tierra y un protoplaneta del tamaño de Marte, conocido como Theia.
Según esta hipótesis, ese cuerpo rocoso impactó con la Tierra a gran velocidad, liberando una cantidad de energía equivalente a cientos de millones de veces el poder destructivo de una explosión termonuclear. La colisión expulsó al espacio una gran cantidad de materia fundida, de la corteza y el manto terrestre, y parte de este material se aglutinó alrededor del planeta debido a la gravedad. Se formó un disco de escombros similar a los anillos de saturnos, y, con el tiempo, se consolidó en la Luna.
Imaginemos por un momento que ese protoplaneta estaba lejos de ser una roca convulsa, inhóspita y estéril (como sí lo era la tierra por aquel entonces), sino un mundo fértil, acogedor y repleto de vida.
Conjeturemos además que, entre las muchas especies que lo habitaban, estaba una raza inteligente de enanos que se irguió como estirpe dominante y logró desarrollar una civilización de tipo II en la escala de Kardashov, un método para clasificar mundos según su nivel de desarrollo tecnológico, basado en su capacidad para utilizar la energía disponible en su entorno.
Ya puestos, supongamos que la colisión entre los dos planetas no fue un accidente cósmico, sino un fallo estructural en la tecnología de los enanos, sobrepasados por la colosal tarea de gestionar una fuente de energía extremadamente poderosa (son muchas revelaciones, lo sé, pero el núcleo y el desenlace de la historia van más allá de todos estos detalles introductorios, así que creo no estar haciendo espóiler, o al menos eso espero).
En la física cuántica existe un concepto fascinante: la energía del punto cero. Esta es la energía mínima que un sistema puede tener, incluso en su estado energético más bajo, cuando no existe movimiento térmico en su interior. Contrario a lo que podríamos imaginar, el vacío absoluto del espacio no está realmente «vacío», está lleno de fluctuaciones: partículas y antipartículas se crean a pares sin cesar, y se desintegran mutuamente, generando energía residual en el proceso. Y, como todos sabemos, casi de manera intuitiva, el espacio es muy extenso, inmenso, inimaginablemente grande. Lo que no todo mundo sabe es que no para de crecer, y lo hace cada vez más rápido. ¿Que cantidad de energía puede llegar a contener?
La semilla que dio origen a este relato nació de un cuento infantil, que ayudé a crear a mi hijo pequeño para un trabajo escolar. «¿De qué está hecha la luna?» Era el tema central de la fábula. La historia quedó tan bonita que no pude parar y me propuse averiguar hasta dónde podía llegar. Y, aquí estamos. La unión de ese par de conceptos fascinantes: la luna y la energía del vacío, son las piedras angulares sobre las que se cimentó la trama de la novela.
Si al final la curiosidad te muerde y decides devolverle el mordisco, espero que te deje tal regustillo en los labios que no puedas quedarte tranquilo, hasta que la desmenuces por completo.
Que disfrutes de la experiencia.
