Hánuman
En la India, el verano premonzónico puede resultar agobiante, sofocante incluso, en especial para los niños y los ancianos. Las lluvias esporádicas que acontecen en los días de más calor, lejos de apaciguarlo, una vez descargan el preciado líquido, tan solo acrecientan la sensación de bochorno; con todo y con eso, de cuando en cuando asoman atardeceres en los que la brisa acompaña e invitan a tomar el aire. Fue en uno de esos breves períodos de alivio, uno en el que la madre naturaleza mostraba con especial ahínco su carácter caprichoso, que se manifestó en el pequeño Rajiv Kapoor una fuerza desconocida. Un saber intrínseco, similar a un impulso primario, instintivo, pero desde luego mucho más tajante y misterioso.
Divya, la madre de Rajiv, animada por una sensación térmica de inusual templanza, decidió dar un paseo con su hijo por los coloridos jardines del Sagar Upvan Garden, uno de los espacios naturales del barrio de Colaba en la bulliciosa Bombay. Apenas unos días atrás, su pequeño empezaba a dar pasitos y era la primera vez que la inexperta mamá se aventuraba a sacarlo de casa sin el carrito de bebé.
Recorriendo uno de los senderos del parque, mientras Rajiv aplicaba sus recién adquiridas habilidades motrices de la mano de su madre, se toparon con una anciana vecina del barrio a la que le hizo gracia ver a un nene tan tierno dando pasitos. En gesto de cortesía, la obsequiosa señora se les acercó para hacerle arrumacos al chiquillo; se inclinó hacia él con suma lentitud, lo más bajo que le permitían sus desgastadas articulaciones, hasta que alcanzó a pellizcarle con delicadeza una de sus mejillas.
—Pero, ¡vamos a ver!, ¿quién ya camina como si fuese un niño mayor? ¿Eh?, ¿chiquirritín? —pronunció con voz infantilizada mientras deducía, para sus adentros, que aquel crío debería estar gateando y no caminando.
La facunda respuesta del niño, acentuada por su diáfana entonación, era algo que ni siquiera su madre podía esperar. Escuchar sonidos articulados saliendo de la boca de su hijo, apenas con algunos dientes de leche asomando entre sus encías, le provocó tal sobresalto que le dio un vuelco el corazón; sin embargo, no fue nada comparado con la estocada de pavor que atravesó a la desprevenida viejecita. «—Supongo que se refiere a mí, señora, ya que lo ha preguntado pinzándome el músculo buccinador —» le respondió el pequeñajo de poco más de medio metro, con impecable pronunciación y vigor excesivo para alguien de su tamaño.
El reflejo cardíaco que embistió a la anciana fue tan agudo que cayó redonda en el acto, tan solo fue capaz de emitir un lamentoso quejido antes de desplomarse. Su caída estrepitosa, que los sorprendidos transeúntes atribuyeron a un golpe de calor, provocó que una multitud de curiosos se congregara a su alrededor, en su mayoría jubilados que solían pasar las tardes a la sombra alimentando a las palomas. Tras el aviso de Divya a los servicios de emergencias, una ambulancia apareció casi de inmediato; el patatús resultó ser de tal gravedad que los paramédicos tuvieron que reanimarla a punta de desfibrilador. Atendieron a la octogenaria mujer ahí mismo, en el suelo, en medio de un tumulto de abuelos tercos e inoportunos que hacían caso omiso a las indicaciones de despejar la zona. La abundancia de cataratas, glaucomas, presbicias y párpados hinchados entre el público presente no les impidió contemplar, con absoluta claridad, las escandalosas descargas eléctricas sobre el frágil cuerpo de la anciana. La enjuta mujer se sacudía con rigidez en cada electrocución y enseguida, como si de un brote contagioso se tratara, empezó a manifestarse entre la concurrencia alguna que otra taquicardia de empatía; arritmias y palpitaciones que los sanitarios tuvieron a bien atender tras reavivar a la paciente. En medio del jaleo que se generalizó, tras verificar que la infortunada mujer reaccionaba y que no corría riesgo inminente de muerte, Divya se escabulló con su hijo en brazos y se apresuró a volver a casa. En su ligera marcha le hacía señas para que se callase, intentando que los demás no lo escucharan, pero él parecía no entender sus gestos y le preguntaba a viva voz qué le había ocurrido a aquella señora tan encantadora.
El orgullo paterno que inundó a Kunal Kapoor al escuchar el elocuente saludo de su hijo, entrando en casa por su propio pie, era casi tan intenso como su espanto. La temprana andadura de su pequeño había sido todo un acontecimiento familiar, motivo de enaltecimiento y celebraciones, pero esa repentina locuacidad era un asunto por completo fuera de lugar. Hasta ese momento ni siquiera había mascullado monosílabos y ninguno de los atribulados padres estaba preparado para algo semejante. Era como si dentro de su cabecita un interruptor se hubiese puesto en posición de «encendido» y, sin más, ahora fuese capaz de entender y expresarse con absoluta claridad.
En los días siguientes, una vez se fue diluyendo el estupor inicial, se dedicaron a indagar en las nuevas capacidades de su hijo. Conversaban con él con suma cautela, comportándose de la forma más natural posible, como cuidándose de no desencadenar una nueva manifestación extraña. Constataron que carecía de recuerdos anteriores al paseo por el parque y ni siquiera era consciente de que algo en él había cambiado. A pesar de hablar con una fluidez que ya quisieran muchos adultos, seguía siendo solo un niño pequeño y carecía de las respuestas que buscaban. El único dato relacionado que lograron sonsacarle fue que su primer recuerdo correspondía a la de una diminuta criatura, a todas luces imaginaria. Aquello no hizo más que ahondar en su inquietud. No por el hecho en sí, no sería la primera vez que un niño inventaba personajes ficticios dentro de su cabeza, sino porque sus descripciones concordaban con las de un pequeño primate. Divya y Kunal eran personas de fe que no ponían en duda la existencia de milagros prodigiosos, dependientes de la voluntad de los dioses; no paraban de darle vueltas a la posibilidad de que aquello fuese una manifestación divina de Hánuman, el dios mono de su religión hinduista. La minuciosa descripción que Rajiv les hizo del minúsculo simio bien podría haber sido el retrato hablado de un «titi pigmeo», el primate más pequeño de todos, salvo porque este caminaba completamente erguido e iba ataviado con una extravagante vestimenta oscura. A pesar de todo, la fervorosa espiritualidad de Divya y Kunal no impidió que la preocupación paterna prevaleciera y los empujara a considerar explicaciones alternativas. No es que creyesen que hubiese algo mal en su hijo, ni mucho menos, si aquel talento le había sido concedido, daban gracias a los dioses; simple y llanamente recelaban de la reacción de las demás personas al escucharlo, y, al no estar seguros de cómo debían proceder, sopesaban detenidamente cada una de las opciones.
Entre tantas incertidumbres tenían algo absolutamente claro, bajo ningún concepto esconderían a su hijo de la comunidad. Se comportarían ante propios y extraños, con total naturalidad, como si aquello fuese lo más común del mundo: un niño avispado que aprendió a hablar pronto y que no paraba de hacer preguntas. En lo relativo a su simiesca epifanía, convinieron en ser discretos. Incluso, en la intimidad del hogar, dejaron de indagar en lo que respecta al peludo ser inmaterial que les había descrito. «En boca cerrada no entran moscas» se decían, y, como el niño tampoco parecía tener nada nuevo que comentar al respecto, el tema fue quedando relegado hasta sumirse en el olvido.
